
La voz se entrecorta; los ojos lucen vidriosos y húmedos; las manos abrazadas y algo inquietas; el pecho parece hincharse y de repente un fuerte suspiro se escucha y por fin aflora la voz.
Es la voz de María Eugenia Cobaleda, una de las integrantes de la Asociación Caminos de Esperanza Madres de la Candelaria, organización que recibió el pasado 27 de noviembre el Premio Nacional de Paz,
“Oscar y Jairo, mis hermanos desaparecieron el 21 de abril de 1998. Desde ese momento hemos luchado por encontrarlos. Arriesgamos por mucho tiempo nuestras vidas en ese transitar. Pasar por terrenos dizque de la guerrilla, dizque de los paramilitares, a todo eso nos enfrentamos, sin hallar respuestas. Hasta que al fin un día de enero en un periódico del país publicaron la información que un paramilitar llamado Luis Arnulfo Tuberquia alias “Memín” lo habían declarado reo ausente por el asesinato de los hermanos Cobaleda. Allí supimos que a mis hermanos los habían matado”.
Calla, toma su pañuelo seca sus lágrimas y continúa “Posteriormente, conocimos de la desmovilización del grupo liderado por Memín y, con esa acción revivió la esperanza para nosotros por conocer la verdad con respecto a mis hermanos, pero Memín, hoy no está con el grupo de desmovilizados ni tampoco capturado. Por ello, desde el año pasado acudimos a la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación y entregamos a Ana Teresa Bernal y a Patricia Buriticá nuestro caso. En ese organismo tenemos cifradas las esperanzas”.
A su lado, Teresita Gaviria, Rosalba Usma, Cesar Callejas y Darío Sierra escuchan su relato y sollozan. Ellos, también han sido víctimas de la violencia que desde hace muchos años vive el país y hacen parte también de esta organización Premio Nacional de Paz 2006.
Teresita interrumpe y dice “yo he sido testigo de ese dolor y juntas hemos llorado al recordar a nuestros seres queridos pero, de igual forma, nos damos aliento para seguir adelante y apoyar a muchos que como nosotros sufren por la desaparición de sus familiares”.
Teresita Gaviria es la presidenta de la organización. Ella ha prestado su hombro, su corazón y su valentía para sacar adelante a este grupo. A ella, en 1998, le desaparecieron a su hijo, el menor de todos, Christián Camilo. Aún llora, “porque es que un hijo es un hijo y mi Christián Camilo está y estará presente en mi diario transitar”.

Con dos niñas a su lado y con su hijo Gustavo, Rosalba Usma escucha detenidamente y, sorpresivamente, con voz tímida pero muy sentida, sacude su cabeza y manifiesta “"El 23 de noviembre de 1998 me desaparecieron a mi hijo Duber Berrío. En 2002 me desaparecieron a otro de mis hijos, Adrián Giovanni. Lo que se cree es que lo asesinó el bloque Centauros de las autodefensas, en Guaviare. En enero de 2004, me mandaron a decir con mi hija Marcela que no buscara más. Y el 16 de junio de ese mismo año, me mataron a esa hija en mi propia casa. Esa hija era madre de estas dos niñas que me acompañan".
Sus ojos se humedecen por el llanto, se repone y agrega “sólo quiero la verdad, qué pasó con mis hijos, dónde están. Este dolor es muy grande. Hoy he logrado sobreponerme un poco con la ayuda de Teresita Gaviria y de los demás integrantes de la Asociación, que cada miércoles nos unimos en plegarias y consignas en ese plantón”:
De repente y entre sollozos, Darío Sierra se une y cuenta la historia de su padre. “Para mi no hay grupo malo ni bueno –refiriéndose a los grupos armados-. Todos son remalos. La vejez de mi padre no tiene que cuidarla nadie diferente a su esposa o sus hijos”.
Darío se expresa así, porque en mayo de 2003, a su padre Joaquín Emilio Sierra de 86 años de edad, lo desaparecieron, lo sacaron de una propiedad que él tenía en Bejuquillo (Mutatá-Antioquia).
Atento a los relatos y con ganas de hablar, Cesar Callejas alza uno de sus dedos y manifiesta “Cada uno de los integrantes de esta asociación han pasado por situaciones similares. El dolor es grande, pero en esta organización encontramos respiro y nos llenamos de aliento y allí estaremos hasta que aparezca el último secuestrado y el último desaparecido”.
Cesar, aunque no le han desaparecido ningún familiar, es también víctima de la violencia. En 1997 fue desplazado de su pueblo, Ituango y desde 1998 está en Medellín, donde se vinculó a la Mesa por la Vida de Medellín y a Redepaz y desde 1999, a las Madres de la Candelaria.
“Allí estaremos hasta que aparezca el último secuestrado y el último desaparecido”. Esa es la decisión de la Asociación Caminos de Esperanzas Madres de la Candelaria, que desde el 17 de marzo de 1999 se reúne, cada miércoles al medio día, en el atrio de la Iglesia La Candelaria de Medellín para clamar y reclamar por sus hijos, hijas, hermanos, hermanas, padres, madres, esposos y esposas desaparecidos. Hoy, el grupo que inició con 20 personas lo conforman alrededor de 150.
En la entrega del Premio, convocado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Semana, Caracol Radio, Caracol Televisión, El Colombiano, la Fundación Friedrich Ebert en Colombia (Fescol) y El Tiempo, voceros de la Asociación Caminos de Esperanza Madres de la Candelaria, manifestaron que seguirán trabajando para encontrar la verdad, continuarán capacitando a familiares de víctimas del secuestro y la desaparición. Quieren, también, visitar el centro de reclusión para justicia y paz, ubicada en la Ceja (Antioquia), donde están 58 jefes desmovilizados de las Autodefensas.
Igualmente y, como lo manifestaba María Eugenia Cobaleda, la Asociación tiene mucha confianza en el trabajo que realizará la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación para encontrar la verdad.
Agradecieron, desde la distancia, a las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina, que han sido un ejemplo para las Madres de la Candelaria, que entendieron que el mejor camino era la organización para luchar por la libertad de sus desaparecidos. También, a Redepaz, a Naciones Unidas, a Fescol, a OCHA, a los sacerdotes de la Iglesia Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín, al proyecto víctimas de la Alcaldía de Medellín, a las Embajadas de Canadá y Holanda, a Manapaz, Asomujpar, IMP, la Asociación de Mujeres del Oriente Antioqueño, a la oficina ambiental de Isagen, a la Fundación Suramericana, a la Secretaría de Gobierno de Antioquia, a las Secretaría de Cultura y Desarrollo Social, a la Oficina de Metro Mujer de Medellín, a las universidades de Antioquia, San Buenaventura y Autónoma Latinoamericana y a los medios de comunicación regionales y nacionales.
Para el Premio de Paz 2006 fueron postuladas 103 iniciativa de paz del país.
Foto: primera página: El Colombiano, 27 de noviembre de 2006
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