REDEPAZ


Red Nacional de Iniciativas por la Paz y contra la Guerra

Este ensayo es resultado del diplomado “Hermenéutica del conflicto y derechos humanos” realizado con el grupo de Cabildeo de la Mesa Humanitaria de Antioquia, de la cual hace parte REDEPAZ. Además de REDEPAZ, en el diplomado participaron la Universidad San Buenaventura, PNUD, OCHA, CICR, IPC, ISAGEN, la EPM y la Personería de Medellín.
Crónica de una palabra
Luz Marina Restrepo Uribe

Viernes 5 de junio de 2009

“Ya se oyen las balas de los asesinos; se acercan al pueblo haciendo mucho ruido.

Mataron a mi gente, toda la gente mía, se acabó mi alma, no tengo alegría.

Desplazo soy, desplazado vengo; huyendo de las balas que me causan tormento.

Nosotros no tenemos riquezas a montón entonces ¿por qué nos matan sin ninguna razón?

Desplazado soy, desplazado vengo; ¡ay! no me miren mal, yo solo vengo huyendo.

Dejé mi familia y toda mi tierrita se quedaron mis vecinos y todas mis colinas

Desplazado soy desplazado vengo, ¡ay! No me miren mal yo solo vengo huyendo.

Llegaron a este pueblo por causa de la violencia, solo les pedimos tengan mucha paciencia.

Desplazado soy Desplazado venfo ¡ay! No me miren mal yo solo vengo huyendo.

Compositora: Argenis Córdoba Género: Cumbia atrateña, Vigia del Fuerte, mayo de 2003

Hermann Hesse dijo en algún momento que para que pueda surgir lo posible es preciso intentar una y otra vez lo imposible. Ese imposible tiene que ver con la palabra vida y todo lo que ella convoca para los seres humanos. Por eso quizás haber encontrado a Primo Levi y su Trilogía, signifique abrir una ventana al mundo del sinsentido del horror y todo lo inhumano que allí se puede encontrar, para reconocer que no estamos solos, que antes de nosotros otros también sufrieron los estallidos del poder autoritario.

Desde cuando el hombre halló la palabra habitó un universo de esperanza. Poder nombrar cuanto existía a su alrededor dio paso a la imaginación y la fantasía, donde surgió el mundo de la vida y con él el arte. Arte y palabra son la apuesta del anhelo humano por trascender en el tiempo, creando y recreando símbolos de una realidad que está más allá de lo que aparece. Esos símbolos vueltos palabras permitieron en su momento a Primo Levi describir el horror e intentar dar cuenta del sufrimiento de millones de seres atrapados por la máquina de hacer la guerra.

Hoy como ayer lo que está en juego es la dignidad de la persona; pero hoy como ayer sigue siendo una aspiración, que en muchos casos no se concreta, porque los sujetos fueron reemplazados por números y esos números ya no hablan de singularidad sino de ganancia, al punto de poder expresar que alguien vale más muerto que vivo. Así se impone el despojo a sangre y fuego, donde las palabras, atenazadas por el terror, son un débil balbuceo en el que se pierde el sentido de la vida humana.

Resulta paradójico constatar como las palabras que dan vida a este escrito también permitieron transcribir el testimonio de los paramilitares describiendo el horror de sus acciones. La palabra que otrora fue vida se volvió muerte, símbolo para representar el terror que sus protagonistas querían imprimirle. La muerte de los primeros sirvió para que los que quedaron con vida huyeran despavoridos. Así se inició una cadena de dolor y miseria que aún no termina, porque aún la palabra no está dada para reparar tanto daño, porque ella aún no encarna la verdad ni puede esbozar una ética que sirva de instrumento a la nueva historia de Colombia. Primera Palabra

La primera palabra es dolor, el dolor de la víctima ante el suplicio al que es sometida por sus victimarios. El dolor que sacude el cuerpo y obliga a gritar y a pedir clemencia. Dolor que no es escuchado, que no se quiere escuchar porque quien padece ha desaparecido como persona y vaga por el mundo de los fantasmas de carne y hueso, de donde solo saldrá para ir al encuentro con la muerte que lo libere del tormento.

El cuerpo desmembrado aún vivo. Cuerpo fragmentado, descuartizado, es una huella imborrable para la humanidad. Es un decir desde el territorio de lo indecible. Se empieza con el cuerpo y se termina con el nombre. Un cuerpo transformado en trozos se vuelve irreconocible, desaparece fácilmente sin dejar huella. Igual sucede con el nombre. Ya no se trata de Jairo, Fredy o Guillermo, convertidos en pedazos de carne, ya no son, es como si hubieran desaparecido.

También la primera palabra es símbolo, encarna una realidad difícil de nombrar, incomunicable porque ella pertenece a quien sufre, es quizás lo único que le queda en cuanto sujeto, que le confirma que sigue vivo a pesar de todas las vejaciones en su carne y en su espíritu. Es la palabra que ningún escritor puede traducir en escritura, es la que siempre se escapa porque está ligada a la víctima y a la muerte que lo espera en su refugio secreto.

Dolor linda con terror y terror con muerte. Esa es el propósito de los victimarios, sacudir al sujeto, quitarle su don más preciado y así hundirlo para siempre. Salvarse en estas circunstancias se convierte en un privilegio al que solo acceden unos pocos. De ambos lados de la historia lo que se juega es la dignidad del ser humano, pero el vano poder de la guerra extiende sus garras más allá de cualquier consideración. El victimario cumple con su palabra: destroza el cuerpo y lo enseña como trofeo.

Segunda palabra

Aparece en escena un nuevo símbolo: el dolor de los allegados a la víctima. Su desesperación ante la barbarie. Su terror es próximo al que padeció la víctima, parece que está hecho de su misma sustancia, porque sacude las fibras más íntimas del ser hasta quebrarlo en llanto. Terror que en primera instancia no permite pensar, que paraliza y deja sin habla. Terror que obliga a huir dejando todo lo más querido: parientes, amigos, tierra, cultivos, animales…

Perderlo todo para salvar la vida, pero que vida es esa donde la dignidad quedó varada en un recodo del camino. Huir es lo único que le queda a los sobrevivientes de la tragedia humana. Despavoridos ante el estrépito que deja la muerte a su paso, el miedo será en adelante su único compañero de viaje, a donde lleguen él llegará con ellos. Su voz se escuchará en las noches de soledad, para advertir de los peligros fantasmales que los acechan, convirtiendo el sueño reparador en una constante pesadilla.

El símbolo del terror es el destierro. Es el desarraigo al que fueron condenados en vida. Es deambular por tierras extrañas sin un rostro conocido. Es el hambre, el frío, la miseria, el dolor inconfesable. Es salir de un infierno para caer en otro. Es como perderse en vida. Es desaparecer para que así sus victimarios nunca los puedan encontrar. Sin familiares, sin amigos y sin tierras entran a la tierra del olvido donde sus nombres son reemplazados por enes enes.

Tercera palabra

El abandono es la tercera palabra. Abandono de Dios, del Estado y de la solidaridad humana. Abandonados y desterrados son como perros sin dueño. Comienza el trasegar de una institución a otra para hallar un poco de consuelo y alivio a sus múltiples padecimientos. Abandono y silencio son aquí sinónimos porque nadie quiere escuchar. La inoperancia del Estado amén de su infinita y perversa burocracia, no está al servicio de las víctimas sino de sus victimarios. Acaso Dios también se olvidó de ellos porque hace rato no escucha sus sentidas plegarias, y la solidaridad de sus conciudadanos se derrama de gota en gota, de tarde en tarde, sin mediar palabra.

Abandonados a la buena de Dios, a la perfidia del Estado y a la caridad de sus congéneres, así viven su comunidad de destino las víctimas en nuestro país. No les queda nada más que su maltrecha vida y los recuerdos del horror que los persigue día y noche, que no da tregua y que clama justicia; la misma que nunca llega porque ellos son los olvidados de todos. Así, el abandono se convierte en símbolo de injusticia e inequidad, porque sus derechos no son los mismos que los del resto de ciudadanos.

Aunque les repitan hasta el cansancio que ellos son sujetos de derechos, ellos solo ven despojos y miseria. Hasta las palabras los abandonaron porque ya no les sirve para expresar sus sentimientos. Cada vez que intentan explicar lo que pasó saltan las lágrimas y sienten un nudo en la garganta; lo que sigue es lo de siempre, no hay cómo expresar lo que pasó, lo más próximo linda con el territorio del dolor donde pocos quieren entrar y nadie quiere saber.

Lo que queda del abandono es su símbolo más abyecto, el dolor que se acrecienta y que nunca se borra. Lo perdido que nunca más se volverá a encontrar. El silencio para una realidad incomunicable. La comprensión humana que está más allá de cualquier lenguaje y su tentativa por explicar lo sucedido. La responsabilidad del victimario a pesar de las leyes en las que pretende refugiarse para alcanzar el perdón.

Cuarta palabra

La vacuidad de la palabra se opone a su poder creativo. La multitud de palabras que brotan de los medios de comunicación, solo hablan de la inmediatez en la que se pierden los sujetos. La inutilidad del lenguaje para descifrar el mundo de los muertos en vida, solo habla de la inútil salvación que ellas pueden ofrecer para tranquilizar conciencias. El oficio de escribir reducido a mera técnica hace inabordable cualquier realidad. Así, la palabra despojada de sentido se pierde en un mar de confusiones, donde vaga a la deriva de sí misma y de quien la enunció. Vaciada de contenido, la palabra ha perdido su condición de símbolo para una comunidad de hablantes que la requieren para reconocerse como ciudadanos en la proximidad de sus destinos.

La palabra convertida en vana quimera solo puede ofrecer un mundo de ensueño, donde desaparece su capacidad de simbolizar y por ende transformar la realidad. Palabras prestadas, soslayadas, alquiladas, vendidas o compradas, hablan de la carencia de una ética, en la cual se perdió el sujeto de la enunciación. Esa ética del lenguaje implica tanto al sujeto como a la palabra en la construcción de sentido y la configuración del mundo de la vida.

La banalidad del lenguaje revictimiza al sufriente, haciéndole repetir una verdad desprovista de contenido, es otra de las consecuencias de la vacuidad en la cual pueden caer las palabras, ya sea por el uso o abuso de su significado. Frases hechas a la medida, que suscitan suspiros en medio de aplausos, que se vuelven moda repitiendo estribillos, sirven para nombrar la estirilidad de un pensamiento en el cual el sujeto se deshumaniza para volverse mera técnica al servicio de un amo.

El abuso de recursos idiomáticos es otra manera de entorpecer la verdad que están llamadas a enunciar las palabras. El discurso oficial y el uso grandilocuente del lenguaje terminan por enmascarar una realidad que está más allá de las falsas utopías que los partidos, tanto de derechas como de izquierdas, pretenden vender como solución al conflicto. Al final el lenguaje solo habrá oficiado de comediante en el teatro de la vida, a favor del poder dominante.

Quinta palabra

Los ritos son esa otra forma de dar contenido a las manifestaciones del diario acontecer. Ellas encarnan cuanto de simbólico tiene la experiencia humana. Sin los ritos el sujeto se vería arrojado al mismo infierno del sinsentido, donde reina el mundo del absurdo y la muerte. Por eso, cuando a la víctima se le despoja de ciertos ritos se le reduce su posibilidad de comprender y trascender la realidad, por dura que esta sea.

Dejar hablar al rito es descubrir en la memoria su secreta presencia. Es dejar escuchar su recóndito sentido. Es rastrear su huella y dejar que hable desde el corazón de la memoria. Es permitir su escritura en el cuerpo de donde pasará a la comunidad, que lo trasformará para devolverlo enriquecido a cada individuo. Es aprender que cada encuentro es único e irrepetible y quizás por eso, dejar que exprese cuanto de mundano y trascendente tenga, así se reconcilian vida y muerte, dolor y alegría.

Esto explica por qué para algunas personas saber el lugar exacto donde yace el cadáver de su familiar para proceder al sepelio, en un cementerio con lápida y oraciones compartidas por todos, hace parte del ritual que ayuda a elaborar el duelo. Para otros, el rito incluye conocer al victimario de su hijo y mirándolo a los ojos, escuchar las razones que lo llevaron a asesinar; en esa verdad parece estar escondida parte de la reparación que se exige tanto del verdugo como del Estado.

Rituales que van más allá de las plegarias que claman justicia, son otra de las formas de simbolizar para la víctima, donde el mundo de los vivos sale al encuentro de sus muertos, para así empezar a descorrer el velo de la infamia en la cual se ha querido sepultar la verdad. Esos rituales crean una cadena de símbolos que permiten reescribir la vida en sus múltiples manifestaciones, donde a cada ritual corresponde un gesto humano, que da cuenta de las vicisitudes que el lenguaje ha tenido que atravesar, para llegar a ser comprendido.

Los símbolos así como los ritos son intentos del ser humano por reconciliar el mundo material con el mundo del espíritu, y de paso conjurar la muerte y su poder destructor sobre la vida. Anhelo de trascendencia también evocan los ritos, por ellos el hombre roza la divinidad y se reconoce como un ser especial en medio de cuanto existe. Por eso, privar a los hombres de sus rituales los confina al submundo de la adversidad, donde las palabras ya no convocan símbolos, dejando en completa orfandad a los sujetos que las precisan para crear comunidad.

Sexta palabra

Comunidad de destino para las víctimas y comunidad inconfesable para los victimarios son los dos bandos que escriben la historia del país. Sin embargo, hay más bandos: los funcionarios del Estado que desoyen a las víctimas, los periodistas que transcriben las versiones oficiales, los académicos que no se involucran con su hacer, los ciudadanos que desconocen la historia reciente del país; en últimas, la realidad que sobrepasa con creces cualquier escritura.

La sexta palabra es comprender que no necesariamente lleva al perdón. Comprender qué pasó, por qué pasó, cómo pasó, es trabajo de todos y no de unos cuantos. Involucra a la víctima y a su victimario para lograr que se haga justicia y garantías de no repetición. Comprender se vuelve símbolo de la memoria, de reconstruir la propia historia para volver a la vida. Comprender el horror para recuperar la dignidad perdida.

Entender es también la posibilidad de expresar la rabia y la sensación de impotencia ante el verdugo; las ganas de hacer daño, de cobrar venganza. Comprender es también un ejercicio de interpretación, de poner en palabras lo sucedido pasando por las emociones. Es contar la historia, la propia, la que se lleva muy adentro, la que más duele. Es permitir a las palabras que salgan a borbotones, discretamente, como ellas prefieran, para que exorcicen el mal y conjuren el dolor.

Comprender pasa por hablar pero también por escuchar. Para que la víctima pueda hablar de su dolor se requiere un interlocutor capaz de embarcarse en esa aventura que es el descubrimiento del alma humana, sin las trampas de la culpa y la caridad cristiana. Comprender es también respetar la singularidad de la persona, acompañarla en la búsqueda de la verdad, su verdad, para encontrar un nuevo sentido a la vida.

Hacer justicia a la víctima es el acto de comprender su dolor por excelencia. Es el despertar de la conciencia individual y colectiva de la nación, para devolver la dignidad perdida. La justicia pasa por la reparación simbólica con los dolientes, con la garantía de no repetición, de nunca más permitir el horror y la indiferencia. Comprender en últimas es solidaridad de unos para con otros, es el abrazo fraterno, la mano cálida que se tiende en momentos de dolor, es lo que permite crear comunidad para defender la vida.

Séptima palabra

Del comprender al interpretar se va por un camino muy corto. Interpretar pasa por reconocer lo sucedido y recuperar la memoria para reescribir la historia, la de cada uno y la de todos. Las palabras aquí se convierten en un símbolo a través del cual la vida se escribe. El hacer propia de la escritura se evidencia en los informes y los artículos de prensa, pero hay una forma que va más allá y se la encuentra en las obras de arte y las múltiples miradas que ellas proponen al observador.

La pintura, la música, el poema, el cuento, la novela, son modos de escribir que interpretan la realidad particular del artista, pero como obras alcanzan una dimensión independiente de su creador, que traspasa las fronteras del tiempo y el espacio, donde el espíritu humano ha creado y recreado sus anhelos más recónditos de libertad, respeto y dignidad

Interpretar es dejar salir al dolor, saber que nunca nos abandonará y aprender a vivir con él de otra manera. Interpretar es saber de la pérdida, de la ausencia, de la soledad para acceder al mundo de la vida con sus múltiples posibilidades. Es saber de un horizonte que se empieza a desplegar ante la mirada atónita de los supervivientes que han recobrado su dignidad y con ella sus derechos como ciudadanos.

El círculo de la vida se inaugura de nuevo. Las palabras que abrieron al horror abran a la vida. El uno de la muerte clama justicia en lo múltiple que hay en todos. Del mutismo de no saber qué decir se pasa a la palabra que interpreta la realidad para superarla. Es así como entramos en una nueva ética, la de la palabra y el compromiso que ella entraña para quien la enuncia, que en muchos casos va más allá de su propia humanidad. Es la ética de quien habla con la verdad, desde la verdad y para la verdad.

La ética de la palabra está dada en la experiencia cada día renovada. Es el encuentro con el lenguaje dando lugar a un diálogo de saberes que se sigue edificando, en el cual la humanidad se juega sus más caros anhelos de supervivencia. Esa ética de la palabra plantea un nuevo desafío, su compromiso con la verdad. En esta medida la palabra también es promesa; la promesa reveladora del ser que la enuncia, y que lo está reafirmando a cada instante con su existencia.

De este modo la primera palabra de dolor está emparentada con la que abre realidades, la palabra que instaurar sentidos, la que convoca al diálogo de saberes, la que tiende puentes de entendimiento, la que interpreta subjetividades. La ética de la palabra y su compromiso con la verdad, en el mundo de la vida. La ética que va del dolor pasando por el recuerdo y el reconocimiento de la víctima, para llegar a reconfigurar la dignidad del ser humano. El horizonte de la palabra, la palabra que comunica el sentido y el sinsentido; la palabra inacabada, la palabra fragmentada, la palabra perdida, la palabra encontrada, la palabra vida….

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